Surrealismos en América Latina

Lune Haute

 

 

 

Wifredo Lam
Cuba, 1902-1982

Seour de la grazelle, 1974
Serie Pleni Luna
Litografía
Ed. 254/262
65 x 50 cm

Colección Ralli
© Wifredo Lam, VEGAP, Málaga, 2020

De los movimientos surgidos en Europa durante las vanguardias, el surrealismo cala especialmente en el continente latinoamericano. Sus propuestas de ruptura con el mundo y el orden atraen a los artistas de este continente, que exploran el mundo del subconsciente, los sueños, el automatismo psíquico y el elemento del azar en sus obras a través del mundo de la magia y la fantasía. Existen, sin embargo, grandes diferencias entre el surrealismo surgido en los años 20 en Francia y el surrealismo de América Latina, pasado y actual.

Los artistas de América Latina parten de una visión del mundo fantástica para representar, en la mayoría de las ocasiones, su propia realidad. Esta manera de entender el surrealismo los ha llevado en ocasiones a desligarse del propio término “surrealismo” (por su definición entendida exclusivamente como la describió Bretón), pero también a convertirlo en un estilo atemporal y sin límites formales, temáticos y estéticos, que podemos encontrar en artistas de otros estilos o movimientos. Es precisamente esta variedad de lenguajes y de entendimiento del estilo lo que nos hace hablar, más que de surrealismo, de surrealismos dentro del arte latinoamericano.

Los artistas latinoamericanos tienen contacto con el movimiento surrealista de las vanguardias tanto en Europa como, muy especialmente, en Estados Unidos y América Latina, debido a las migraciones con motivo de la II Guerra Mundial de estos al continente americano. Conocen así de primera mano las propuestas dadaístas y surrealistas y ven en ellas una reivindicación de las culturas pasadas, tanto americanas como africanas y asiáticas, una manera de entender la realidad alejada de los postulados filosóficos y racionales occidentales y, por lo tanto, un medio de expresión de su propia identidad nacional. Las referencias a lo latinoamericano se incluyen en el discurso vanguardista y se desarrolla un nuevo modo de entender el surrealismo.

Pero no toda la influencia fue de Europa a América, también los artistas latinoamericanos influyeron en el surrealismo francés de la última etapa. El cubano Wifredo Lam y el chileno Roberto Matta conocieron y trabajaron con los artistas del grupo en Francia, así como compartieron suerte y huida tras el estallido de la II Guerra Mundial.

Roberto Matta (Chile, 1911- Italia, 2002) e Yves Tanguy parten a Nueva York en 1929, donde se reunirán con André Masson, Max Ernst y André Bretón. En la nueva capital del arte se continuarán desarrollando y evolucionando los preceptos del arte surrealista.

Matta, tras haber participado del Surrealismo en la capital francesa, una vez en Estados Unidos continúa su autoexploración del surrealismo poniendo en práctica técnicas como el automatismo psíquico, hasta desarrollar sus “psicologías morfológicas” o “inscape” en inglés (haciendo referencia a la representación de paisajes interiores). Estos paisajes o morfologías alcanzaron un alto grado de abstracción para luego volver a incorporar elementos y formas, en ocasiones más o menos reconocibles o imaginarios.

Característicos de la obra de Matta se vuelven también la representación de seres antropomorfos a través de los cuales estructura narraciones imaginarias, oníricas o con referencias históricas y actuales. Aparecen así también las alusiones a elementos y a las culturas precolombinas, un tema que se volverá recurrente junto con la exploración del micro y el macro cosmos de sus inscapes.

Wifredo Lam (Cuba, 1902 – Francia, 1982), el otro gran paradigma del surrealismo en América Latina junto con Matta. Lo fue sobre todo por el papel que jugó en los últimos años del movimiento en París y su aportación como vínculo entre este movimiento y los artistas del continente americano, norte, centro y sur.

Lam, tras pasar casi 10 años en España -donde tomará parte incluso en la guerra civil- se traslada a París en 1938 huyendo de las tropas franquistas. Para este momento Lam ya había realizado numerosas obras y su lenguaje había evolucionado, llegando incluso a presentarse una de las características que más marcan la obra del cubano: las máscaras. Entre ellas se establece un dialogo entre lo visible y lo invisible, lo real y lo imaginario, lo impuesto y las reivindicaciones.

Dos años más tarde vuelve a exiliarse -esta vez huyendo de la II Guerra Mundial- y se traslada a Marsella. Allí conocerá a André Breton y otros miembros del movimiento surrealista, del cual participará durante un corto periodo de tiempo. De él llaman su atención las prácticas colectivas y el automatismo psíquico.

En el viaje de migración a América que realiza junto a miembros del movimiento surrealista, Lam regresa casi directamente a Cuba y allí comienza su trabajo de reivindicación y recuperación del orgullo identitario cubano. Se aleja pues de las prácticas del automatismo y el surrealismo (francés); su estética, sin embargo, sigue ligada a ello. Esto, junto al componente fantástico de su obra hace que toda su trayectoria se vincule con el surrealismo, a pesar de no estar siempre condicionado por él -o, como venimos diciendo, por el concepto de surrealismo europeo de movimiento de vanguardia-.

Los artistas Rodolfo Opazo, Carlos Brache, Manuel Chong Neto y Jorge Ortiguerira que encontramos en esta sala realizan una obra individual e intimista que explora diferentes temáticas pero que, por su carácter, se encuadran todos ellos dentro del surrealismo. Un surrealismo -o surrealismos- como venimos diciendo, que dejan atrás las directrices marcadas por el movimiento que surge en Francia, para ser regido por su propio ideal de surrealismo. Con diferentes lenguajes, estos artistas representan en sus obras la realidad que los rodea y sus preocupaciones, todo ello a través del filtro de la representación del interior humano, ambientes oníricos, lo simbólico o el absurdo.

Rodolfo Opazo (Chile, 1935) plasma en sus cuadros el resultado de una visión y una actitud particular e intimista, tanto con el arte como con la vida.  Esta visión ha ido evolucionando a lo largo de su trayectoria, y con ello también su obra.

En los años 80 la crítica hacia la sociedad contemporánea es el tema principal de su obra. En ella aparecen continuamente figuras humanas con rostros y cabezas abatidas, derrotadas, con rostros desencajados. Sus características figuras blancas (símbolo del hombre despojado de su contingencia) son sustituidas por vivos colores, en las cuales los cuerpos son meros receptáculos de hombres vulnerados.

La experiencia personal del artista, marcada por un sentimiento de soledad, está íntimamente relacionada con su pintura, de lo que deriva una pintura que podemos catalogar como compleja, cambiante. Otra constante en su obra es la reflexión en torno a temas como la muerte y el hombre (las miserias y las maravillas a las que se enfrenta). También recurre a elementos de la literatura, la poesía o la música, coexistiendo en alguna dimensión.

La obra de Carlos Brache (Perú, 1944) destaca por el dominio del dibujo, con una gran importancia del cromatismo. Brache deconstruye la realidad antes de volver a construirla para pintarla. Así, sus motivos son ajenos al mundo real, llenos de simbolismo y fetichismo, que remiten a temas de orden racial, social, plástico y creativo. Sus obras nos trasladan al Imperio Inca, pero con un lenguaje renovado derivado de la plástica europea.

Por otro lado, los personajes de Jorge Ortigueira (Argentina, 1941), que podemos catalogar entre grotescos y transgresores, son empleados por el artista para exteriorizar su aguda crítica a la sociedad que lo rodea, siendo estos el resultado de su propio diagnóstico de la naturaleza humana. Crítica que realiza siempre a través del humor y la ironía.

Manuel Chong Neto (Panamá, 1927 – 2010) emplea la mujer moderna para hacer alusión a la historia y al ser humano, obligándonos a hacer un ejercicio de memoria histórica para entender las referencias a este universo transfigurado.

En su obra predomina la representación de figuras femeninas de gran volumen, representadas en ambientes de misteriosa sensualidad. La expresividad y simbología de sus figuras la vemos también en la representación de grandes ojos almendrados, personajes de cuellos acortados y formas distorsionadas.

Destaca de su lenguaje también el uso expresivo de la mancha y el cuidado equilibrio de los contrastes, los colores y el uso de luces y sombras. Sus composiciones se basan en formas geométricas sin llegar a la abstracción. Este recurso compositivo le permite enfatizar y capturar la esencia de los detalles. A partir de él logra yuxtaponer diferentes planos en una misma obra.

El Realismo Mágico es un movimiento literario y artístico que se diferencia del surrealismo por su manera de representar la fantasía como una realidad más, presentándola como tal ante el espectador, y que a su vez se relaciona con este por el componente fantástico en las obras.

La diferencia del surrealismo en América Latina con el europeo y el carácter realista-fantástico del primero hacen que se asemeje al Realismo Mágico, llegando incluso a encontrar obras de ambos estilos dentro de un mismo artista. Por ello resulta casi imposible desligarlo de los surrealismos que se dan en América Latina.

Dentro de esta vertiente del Realismo Mágico encontramos a artistas como Elmar Rojas, Emilio Ortiz, Alicia Carletti, Rodolfo Stanley, Julio Silva y Armando Lara. En sus obras la fantasía y los personajes imaginarios son predominantes, narrando una historia a partir de una realidad inventada que se nos presenta como verídica.

Elmar Rojas (Guatemala, 1942) representa en sus obras escenas inspiradas en historias, sueños, literatura y poesía, con recurrencia de temas -como los espantapájaros-. En ellos hace alusión a la Guatemala rural, originaria, mestiza, a partir de texturas y colores que impregnan la atmosfera de un ambiente onírico y mágico.

Emilio Ortiz (México, 1936 –1988). Interesado por el cine, la literatura psicoanalista, el surrealismo y el arte popular mexicano, lo cual se refleja en su pintura de connotaciones fantásticas.

La obra de Emilio Ortiz se caracteriza por la delicadeza de la línea en el dibujo y por el uso expresivo del color. Con un lenguaje figurativo representa objetos de uso cotidiano y zoológicos en los cuales la simbología es lo más destacable.

Rodolfo Stanley (Costa Rica, 1950)

Artista autodidacta que, durante un tiempo se dedicó a la publicidad y la compaginó con su faceta artística. Formaba parte de la corriente figurativa costarricense que predominaba entre los años 70 y 80.

Mediante el Realismo Mágico logra representar una sociedad en continuo cambio. En sus obras el empleo del color no es casual, condicionado y cuidado en función del contenido de la misma.

En sus obras podemos encontrar erotismo, sensualidad, sarcasmo, irreverencia, humor, ironía o denuncia, temas que presenta sin descuidar los componentes plásticos de su lenguaje.

Armando Lara (Honduras, 1959). Atraído por el surrealismo, Lara parte de él para realizar una obra vinculada con lo social. Partiendo de algún hecho o injusticia de la vida, Lara lo transforma en imágenes fantásticas dentro de una atmósfera subjetiva.

El artista emplea los colores y las texturas para crear esta atmósfera deseada, así como transmitir sensaciones vinculadas con su obra. Emplea los colores fríos para hacer referencia a la realidad inhumana y los aspectos reprochables que ve en ella. Estos recursos, junto con lo alegórico de sus representaciones, eliminan el carácter narrativo de sus obras para da paso a una amalgama de alusiones y referencias, las cuales, sumadas e interpretadas, no acercan al sentido de la obra.

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